Posteado por: iessierradeguadarrama | febrero 9, 2010

Quien lo probó, lo sabe

por Emilio de la Fuente.

Febrero, el mes de San Valentín. Una avalancha de empalagosos corazones  palpitantes de amor asoman por las cabeceras de línea de cada centro comercial. Es lo que toca. Si no puedes surfear esta ola, pues bucea unos días y pasará, pero te advierto que cuando vuelvas a sacar la cabeza, el amor, sin celofán, seguirá estando o no estando, que nunca se sabe que es peor.

No seré yo quien  intente definir el amor, suerte tengo con vivir lo que yo creo que es, pero me llama la atención. Si el amor tiene en España su materialización administrativa en el matrimonio, demos un dato: en 2009, cada 4 minutos se divorció una pareja. Según esto, podríamos creer que el matrimonio, del tipo que sea, está en crisis (tres de cada cuatro sucumben) y que por lo tanto el amor, en su faceta de compartir, también (además cada vez hay  más “singles”).  Ya sé, alguien me dirá que estoy confundiendo matrimonio y amor. Todo a su tiempo, los 60 ya pasaron… Es curioso hacer notar que  sólo los pobres disfrutaban del casarse por amor tiempos históricos atrás. Quién tenía algo que repartir, estaba obligado al matrimonio  con la persona  designada por  la familia y sobre todo por el padre. Esta puede ser  la razón de que, desde que en el siglo XVI se fijó el rito de este sacramento en el Concilio de Trento, y hasta no hace tanto con el matrimonio civil, amor y casamiento hayan  viajado, la mayoría de los casos, por caminos paralelos para los hombres de las clases más pudientes (y recalco “hombres”): la esposa  en el hogar  guardando la honra y la amante donde fuera. A más alcurnia, a más riqueza familiar, menos amor y más conveniencia. Muchos reyes y hasta alguna reina de la Historia de España confirman el argumento. Hoy, los que se casan, ricos y pobres, lo hacen por amor, pero a una mayoría que cualquier político quisiera en unas elecciones,  les dura poco. Parece que, aunque cambien las estructuras y las mentalidades, el misterio sigue. No obstante, donde hay misterio, puede haber ciencia y son los científicos los que nos están  indicando que la química, la geometría y la percepción, tienen mucho que ver con esto de “la media naranja”. Según ellos, el amor se huele (como las feromonas animales), se prioriza por la simetría de las caras y se elige mediante trillones de parámetros moldeados por la experiencia y almacenados en esa enorme CPU que es nuestro cerebro. Así pues, llegará un día en que, junto a tu partida de nacimiento y tu mapa genético, te darán las pautas de búsqueda del amor de tu vida, sin arcanos, ni videntes, con la certeza de Boyle y Mariotte (que eran dos y quizá se amaron). Hasta que eso llegue, que llegará porque el desamor cuesta mucho a los Estados, disfrutemos de vivir en la hermosa  incertidumbre de algo tan estadísticamente efímero como el  amor…

Lo ves, no quería y ya el espíritu de San Valentín “me  ha apretao la patata”.

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