Posteado por: iessierradeguadarrama | marzo 16, 2010

Excursión a Hoyo Cerrado

Domingo 7 de febrero de 2010.

Eran las diez de la mañana en la ermita de San Blas, hacía un día nublado, cálido y sin viento, veinte personas caminábamos entre las fincas que pronto dejaríamos atrás, veinte personas con un mismo objetivo: Hoyo Cerrado.

Tras cruzar un pequeño arroyo, comenzamos nuestro ascenso por la pista del Hueco de San Blas. La pista era bastante ancha y cómoda, por lo que caminábamos a buen ritmo; esto nos puso en el puesto de los retenes en menos de una hora. Desde allí se podían divisar a lo lejos las torres Kio y a su lado los cuatro rascacielos que desde hace unos años capturan la vista de todo aquel que mira hacia Madrid desde la sierra. En torno a ellos se cernía una nube de contaminación que cubría también el Embalse del Pardo, para  luego irse difuminando hasta desaparecer por completo a las orillas del Embalse de Santillana. Después de una pequeña pausa, continuamos ascendiendo por un sinuoso sendero que recorría la cara sur de la Najarra. Por el camino, cruzamos el arroyo de los Vitros, que atravesaba el sendero tras escurrir por unas rocas formando una modesta pero preciosa cascada. Sorprendentemente no vimos ni oímos ningún pájaro, ni tampoco encontramos ninguna huella.

Media hora más tarde, llegamos a nuestro destino: Hoyo Cerrado, un pequeño circo glaciar alojado en las faldas de la Loma de Bailanderos. Allí todavía quedaba nieve que cubría el suelo y le daba a todo un aspecto glacial. La comida no duro demasiado, pues hacía frío y en seguida nos quedamos helados, sin embargo, apenas habíamos terminado, se desató una batalla de bolas de nieve de la que nadie salio ileso.

Empapados hasta arriba pero felices como nunca, comenzamos el descenso. Duró menos de lo esperado, pues el suelo cubierto de nieve hacia un excelente tobogán para deslizarse montaña abajo. Unos de pié, otros sentados y otros de cabeza bajamos la ladera a velocidades vertiginosas, hasta que entramos en el bosque, donde desapareció la nieve. Entonces seguimos bajando en zig-zag hasta tomar de nuevo la pista que nos condujo directos hasta el Hueco de San Blas donde nos esperaba el autobús.

Fue un día como ninguno.

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