Posteado por: iessierradeguadarrama | abril 19, 2010

Lanzarote 2010

Cuando nos dijeron que Lanzarote sería nuestro destino para el viaje de fin de curso seguramente ninguno llegamos a imaginar ni un ápice de lo inolvidable que sería. Nos esperaban innumerables lugares repletos de belleza, rocas volcánicas, palmeras, unas vistas preciosas desde el albergue…

El Timanfaya resultó impactante, y comprobamos de muchas formas el calor que emanaba de él. En mi mente permanece el recuerdo de la espectacular vista que ofrecían los hervideros a la luz de un anaranjado atardecer. Disfruté enormemente de los viajes en barco, en los que hacíamos competencia al mar con nuestras propias “olas”… Montamos en lancha, en banana y en canoa, y por supuesto fuimos a la playa, pudiendo sentir por fin la sensación de la arena colándose entre los dedos de los pies,  mientras escuchábamos el relajante susurro del océano. Todo ello sumado a los paisajes, el buen tiempo, el mercadillo artesanal, los Jameos del agua, “la bruja”  y un infinito etcétera hacen de Lanzarote un sitio que merece la pena visitar.

Pero, sin duda, lo mejor que nos llevamos son los recuerdos compartidos. Nunca pensé que fuera posible pasarlo tan bien en autobús, perdón, en guagua, cantando sin parar cualquier cosa que se nos pasase por la cabeza, riendo por tonterías, y siendo un poco crueles con aquellos a quienes venció el sueño. No olvidaré ni uno solo de los lugares en los que bailamos el mítico “potásico”, ni los baños en el mar acompañados por sus correspondientes ahogadillas. Siempre se me escapará una sonrisa al evocar los rostros alucinados de los turistas que nos observaban como quien ve a alguien que acaba de salir de un psiquiátrico.

Otra de las muchas cosas inolvidables fue la noche en que descubrimos que una persona puede tener puestas más de treinta camisetas a la vez, o que las “patadas voladoras” en ocasiones pueden resultar realmente divertidas. El karaoke fue prácticamente sustituido por el bailoteo, y la tertulia nocturna antes de acostarnos nos hacía desear permanecer levantados toda la noche, a pesar del cansancio y el sueño.

No se borrarán de mi memoria los largos ratos jugando al ping-pong, ni los perros que nos acompañaban en aquel albergue al que todos acabamos cogiendo un inmenso cariño. Es increíble lo mucho que nos unimos todos en aquel viaje; el buen ambiente era palpable, y las carcajadas inundaban a menudo el húmedo ambiente que nos envolvía. Convivir veinticuatro horas diarias durante aquellos días tuvo un efecto mágico, diría yo. No hubo cabida para caras tristes, ni mucho menos para el llanto… hasta el momento de la despedida.

La verdad es que no encuentro las palabras que busco para describir este viaje; sólo sé que desde que cogimos el avión aquel diecisiete de marzo una parte de mí pertenece a cada uno de vosotros, y a Lanzarote, por supuesto.

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