Posteado por: iessierradeguadarrama | noviembre 8, 2010

Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010

Por Begoña Mollá

Cuando un autor literario gana un Premio Nobel, la población indaga en las librerías, en busca de una novela con la que atestiguar el merecido galardón. En el caso de Vargas Llosa, el número descenderá, pues es difícil que alguien no haya leído una novela suya. No obstante, algún “extraterrestre” que no haya leído a Vargas Llosa existe. Por ejemplo, el mismo día que le dieron el Nobel, una amiga, profesora de matemáticas, me pidió consejo sobre cuál sería mi elección. ¿Cómo elegir sólo un título? ¿Uno que abarque toda la creatividad, imaginación, humor, innovación, documentación y entretenimiento que este novelista ha logrado en sus novelas? ¿Cómo elegir entre sus magníficas novelas una sola? ¿Cuál soportará la tremenda responsabilidad de transmitir todo Vargas Llosa? Ante la imposibilidad de abarcar más de lo preciso, obviaré las más famosas: La casa verde, La fiesta del chivo o La ciudad y los perros, e intentaré bucear en mis favoritas, La tía Julia y el escribidor y Pantaleón y las visitadoras.

                 Sus primeras novelas son autobiográficas: La tía Julia y el escribidor o La ciudad y los perros; en la primera el joven novelista, se enamora de su tía y escandaliza a la familia a lo largo de los capítulos impares de la novela, mientras que en los capítulos pares se muestran los diferentes episodios que realiza un escritor de radionovelas que trabajaba con el autor en la radio de Buenos Aires. Estas historias, retazos sueltos de algunas de estas novelas, presentan personajes de cartón piedra, que terminan entremezclándose magistralmente, a causa de la paulatina locura en la que termina cayendo este escribidor, de tanto escribir barbaridades. Un Quijote moderno, que padeció la locura del culebrón, cuyos efectos permanecen en esta sociedad moderna; nuestras televisiones han heredado las telenovelas que aún enganchan a los televidentes, alargando sus episodios que serpean con meandros cada vez más rebuscados, que curvan el argumento hasta el paroxismo. Por lo tanto, es una novela aún muy actual y divertida, que refleja la desbordante imaginación del novelista.

                Si es humor y parodia lo que uno apetece, Pantaleón y las visitadoras nos muestra el rostro amable de un joven oficial inmaculado en su expediente, responsable y cumplidor con su deber, elegido para llevar a cabo una misión tan difícil como cómica: llevar prostitutas a los regimientos más alejados de la selva para evitar los desmanes y abusos entre la población femenina, misión que lleva a cabo con toda la seriedad que le confiere su cargo, parodiando los textos administrativos con los informes que éste escribe, mientras se tambalea en la cuerda floja que supone una esposa celosa y una prostituta enamorada.

                Comentar más obras sería farragoso e inútil, así que sólo me queda animar a toda la comunidad educativa a acariciar los lomos de los libros de cualquier biblioteca y librería, y llevarse a casa una novela de nuestro Premio Nobel, para afirmar, con conocimiento de causa, que es un premio merecido y aplaudido, pues todas sus novelas incitan a ser devoradas con fruición y sumo placer.

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