Posteado por: iessierradeguadarrama | enero 24, 2011

Las cadenas de la identidad

por Azucena Crespo

Ya el mito platónico de Prometeo muestra que nuestra propia naturaleza biológica nos ha constituido como seres abiertos, inconclusos, lejos de toda determinación que nos fije y atenace en nuestro modo de ser y comportarnos. La reflexión de grandes autores del siglo XX se dirige a esta ausencia de naturaleza que nos instala en la cultura, en la historia y que en la misma medida en que nos hace proyecto, incesante tarea de nosotros mismos, nos arroja inexorablemente a nuestro tiempo y circunstancias. Este hiato abierto que sería el ser humano, como posibilidad abierta y contextualizada, remite al problema mismo de la libertad: nuestra grandeza y nuestra más profunda miseria. Seres con vocación y capacidad de sobrepasar su contexto y susceptibles de perderse en sus mareas y tempestades, a falta de un rumbo o puerto preestablecido mediante el que estructurar el incesante asalto de múltiples apelaciones. Nuestra época refleja nítidamente la posibilidad del naufragio. Estamos en crisis.

 Y es precisamente en un periodo como éste, en el que abunda el individualismo más exacerbado como tabla de salvación, como refugio y salida frente al caos, cuando pienso en el papel de la educación.

Vivimos en una sociedad que ha entronado como meta la realización y salvación individual, la libertad concebida como esfuerzo de satisfacción de las propias necesidades para que este impulso genere, espontáneamente, al modo hegeliano, el bienestar del todo. La dinámica del mercado expresa la concreción de esta meta, en la que los intereses individuales en pugna sirven a una finalidad superior siempre invisible. La dominación económica, la instrumentalización de la población convertida en un medio para el desarrollo de las imperiosas e interminables exigencias del mecanismo del mercado, se declara no sólo en la organización de la producción en relación con ciertos sectores de población, o en la consideración de precariedad y abuso de ciertas condiciones laborales, sino en la masiva expulsión de la actividad productiva y en los traslados, que hacen de la migración forzosa y el desarraigo continuo un modo de estar.

La dominación que se refiere al debido acatamiento de ideas o hábitos pre-establecidos por parte de una institución -sea ésta la que sea-, que han de ser necesariamente asumidas por el otro sin posibilidad de crítica y discusión racional, constituye otra faceta dentro del espectro (fantasma y gama) de la instrumentalización.

El mecanismo de la dominación siempre concluye en el negador aniquilamiento de un otro de sí. No entraremos a considerar la dominación de la naturaleza que lleva a cabo el ser humano (tema de las proclamas ecologistas de nuestros días), sino la dominación de los otros, aquella que nos presenta alejado al prójimo, desterrado de toda consideración de semejante con el que se comparte una íntima vinculación; sólo esa distancia objetivante y aniquiladora nos permite ponerlo al servicio de los intereses generales del mercado, del estado o nación, de la tradición o creencias familiares, de la estructura  religiosa, del partido o de la dinámica colectiva imperante en un grupo o en una sociedad.

Una oculta búsqueda de identidad, dada nuestra esencial precariedad, se expresa en ambos polos de la relación de dominación. Los que instrumentalizan a un otro, se hacen  víctimas de una ilusoria sensación de poder; instalados en la seguridad de una posición susceptible de hacer del otro un medio, hacen de ese anclaje en el mundo el rumbo y antídoto frente a la angustia de la posibilidad abierta, indefinida. Atrincherados en la rígida fortaleza de su posición (que no es más que débil amarre en cuanto requerida de continua defensa), creen hacer de su libertad ejercicio, configurando su delimitación desde la extrañeza del otro, que se vuelve vagamente sospechoso, cuando no un declarado enemigo. Abandonar sus posiciones se traduce en la pérdida de sí. Pero este aferrarse desde la radical miopía propia del que ocupa una situación de poder, que deja de ver a los otros como a sí mismo, constituye la más flagrante pérdida de lo que somos, el olvido de que sólo la interacción con los otros nos hace ser (ya ontológica, ya humana, ya económicamente). Acurrucados en la cómoda sensación afirmante, junto a aquellos que comparten la exclusividad de la mirada propia, intentarían apartar, obviar, el dolor de haber perdido el anclaje en el mundo en igualdad con los demás.

Por lo que respecta al ser humano cosificado, hecho instrumento, adquiere en cierto modo la seguridad del camino trazado que le permite al menos alguna configuración: es lo que le dejan o le permiten ser. Atosigado de incredulidad y miedo, adquiere su puesto en la desesperanza, desde donde atiende a la invitación de complicidad para complacerse en su rol. Desde los mecanismos propios del proceso de enculturación recibe la más paradójica solicitud: dejarse llevar, adentrarse más y más en la condición de ser-instrumento impuesta, para poder superar dicha condición y llegar a ser. Promesa de realización que se concibe como el peculiar deslizamiento que le permitiría colocarse en el polo opuesto, esto es, abrir la posibilidad de llegar a ocupar la situación de poder para alterar la relación existente, que en el fondo permanece inalterada.  Su peculiar miopía consiste en no entender el sistema que le conforma (en el doble sentido en que le configura y le acomoda, a pesar de las resistencias o esporádica rebeldía), ni vislumbrar su capacidad de empoderamiento como potencia del cambio para transformar la relación misma.

Ambas son miradas presas, borrosas por la ceguera de la dominación que apremia a encontrar nuestro lugar y reposo en el mundo mediante el dinamismo de la escisión opresora.

En los márgenes se situarían aquellos que se resisten a entrar en los parámetros impuestos; se posicionan en el continuo conflicto con lo existente y en el perpetuo desconcierto, a falta siquiera de sí. Su peculiar identificación de errantes consiste en al menos permanecer en el fragor de tal contienda, preferible a concluir en el abismo de uno de sus polos y acabar descansando en el cotidiano manto de lo que hay. Su frustración se ve canalizada en gran medida mediante una nueva forma de evasión que se expresa en la desmotivación y la desidia. Seres errantes en perpetua confrontación que se tornarían miopes en la mera exaltación de la rabia, obviando trazar el mapa que les conduzca al calor del hogar, de la patria, que es la relación constituyente, pero apartada de la dominación -alejada de todo abuso aniquilante y del aplastante avasallamiento, y de todo sometimiento que invite a la impotencia, a la definitiva renuncia o a la cómoda claudicación-.

Pensar en la educación vendría a ser recuperar la perspectiva, que en su sentido etimológico nos sugiere mirar intensamente. Pero no desde aquella insistencia obsesiva que agota y debilita nuestra distorsionada mirada sino para sanar, despertar, liberar nuestra visión con la comprensión de lo observado. Esta nueva mirada se detiene en las escisiones aniquilantes para llevarlas a conclusión, procura clausurar la dialéctica de la dominación antes esbozada; escrutina en la misma medida todo intento de con-fundir, de hacer unidades indistintas e indiferenciadas para des-tapar y des-cubrir su modo peculiar de engaño (unidades que atrincheradas en su aparente y superficial vinculación sostienen únicamente el falso poder que les otorga la uni-formidad como disolvente de toda tensión entre opuestos).

Este campo de posibilidades contextualizadas que somos nos constituye como seres políticos, entretejidos por lo dado y con capacidad de tejer las relaciones que han de perfilarnos. Quizás la tarea de la educación sea recuperar nuestra visión y abrir la posibilidad del camino que enhebra auténticas relaciones de equidad y justicia con los demás. Vasto sueño. Vasto tapiz en el que nos ponemos, y ponemos todo, en nuestras manos.

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