Posteado por: iessierradeguadarrama | febrero 8, 2011

Oro y joyas del Nilo

por Emilio de la Fuente

El viernes 28 de Enero, en plena ebullición libertaria en la ciudad de El Cairo, unos cuantos asaltantes entraron en el museo  arqueológico de dicha ciudad destruyendo algunas vitrinas y un par de momias. Mientras mujeres, jóvenes y menos jóvenes se dejaban la garganta y hasta la vida por forzar un cambio en la anquilosada maquinaria del gobierno egipcio, los rateros estaban a lo suyo. ¿Qué buscaban?, lo de siempre, oro y joyas. Ladrones de tumbas los ha habido en Egipto desde que el Nilo parió esa civilización que pintaba de canto. Tanto las pirámides,  maravillosas  e inútiles cajas de caudales, como los más remotos y escondidos hipogeos, han sido deslatados por la avaricia histórica de los que han buscado  la ganancia lejos del  limo. Ni Tutankhamon ( puede escribirse Tutankamon, pero pierde exotismo) se libró de esta plaga, y hasta en dos ocasiones sufrió la visita de los cacos, cogidos  “in fraganti” y seguramente degollados por la guardia real después de resellar la tumba. Por siglos, familias de peristas han vivido con más o menos discreción de explotar el robo de restos arqueológicos en Egipto. En torno a 1811, un egiptólogo francés llamado Gaston Maspero, en connivencia con el bajá de turno para quien trabajaba, se jugó el bigote investigando los mercadillos y bazares hasta encontrar la pista de uno de estos depredadores del arte. Tanto bello y verdadero  papiro suelto por los rastrillos daba qué pensar. Acosó y amenazó al clan con interrogatorios y presidios, consiguiendo que le llevaran al tesoro a cambio de cierta impunidad: 500 libras y un puesto de capataz para el delator. Técnicamente el agujero pasó a llamarse Tumba DB 320 y se encuentra, como indican las letras, en el maravilloso circo pétreo de Deir El Bahari. La familia Abd er Rassul había estado diez años viviendo de aquel escondrijo. Gaston sacó a la luz uno de los hallazgos más importantes de la historia de la egiptología sin piezas de oro ni joyas deslumbrantes que mostrar  a  la prensa: cuarenta momias de los personajes más importantes y afamados de la XXI dinastía, reposaban en milenario desorden  y sin grandes riquezas, en una cueva excavada hasta los trece metros de profundidad bajo  el  suelo calcinado por Rá en la platea de Deir El Bahari. Ramses II y su esposa Nefertari, Seti I, los tres primeros Tutmosis y un sinfín de sacerdotes y faraones menos conocidos se arremolinaban en el  corredor durmiendo el sueño de los justos. Cómo llegaron allí  no se sabe con certeza, pero se intuye que, aquellos paradigmas del poder,  acabaron sus días amontonados en un pasillo desolado por miedo a los rateros. Para que sus cuerpos no fueran profanados en busca de oro y joyas, se les escondió  sin grandes ajuares personales y en secreto, rodeados de lo imprescindible a tan altos huéspedes. 5.900 objetos fueron sacados y catalogados junto a los cuarenta féretros, acabando con el sustento secular de la familia Abd er Rassul.

Ladrones egipcios en pleno saqueo

          No sé si alguna de estas piezas ha sido destrozada por los vándalos del viernes 28 de Enero. Las dos historias tienen en común la avaricia y la ignorancia. Parece ser que, aparte de romper  objetos de incalculable valor arqueológico y cultural, el gran botín de los asaltantes se centró en la tienda de regalos del museo. Quizá confundieron las baratijas doradas con los sellos reales de la realeza egipcia, quizá no pudieron llevarse otra cosa de más aparente valor para ellos. Hasta para hacer bien el mal se precisa cierta cultura. Una anécdota de la Guerra de El Líbano en su porción de los ochenta, refleja muy bien esta relación entre impericia e ignorancia. La aventura la vivió en persona un periodista  occidental, cristiano de fe, pero del que no recuerdo el nombre ni la nacionalidad. El caso es que, recién llegado al aeropuerto de Beirut, fue parado en la carretera camino de la capital por una de las múltiples milicias beligerantes que esperaban sacar provecho del secuestro de un occidental. Allí, en medio del arcén, le hicieron la pregunta de la que dependería su destino inmediato: ¿cuál es tu religión? Por los ropajes guerrilleros de sus captores no se podía dilucidar si aquella patrulla era drusa, cristiana, siria, prosiria o cualquier otra cosa que pegara tiros en aquel marasmo de siglas que acabó siendo esa guerra. Llevado por los nervios y la tensión del momento, contestó de manera  inconsciente (para todos menos para Punset) : “ apostólico y romano”, obviando el cristiano inicial. El jefe del comando puso cara rara, se alejó unos metros y cogiendo el walkie habló con su superior. Volvió para dar unas palmadas en la espalda del periodista mientras le comentaba jubiloso en su chapucero inglés: “ Tú muy bueno. Yo dejar libre paso. Romanos matar muchos, muchos, muuuuchos cristianos.”

             Parece ser que el estropicio del museo de El Cairo tiene arreglo y también que los ladrones no robaban para comer sino que aprovecharon las revueltas para hacer un trabajito fácil. Tres policías turísticos encerrados en los pabellones  les plantaron cara evitando algo peor. Escaparon, pero que se anden con ojo. Han revuelto los abalorios de Tutankhamon y zarandeado los huesos de Ramsés II. Yo ni creo ni dejo de creer  pero como decía la supuesta maldición de la tumbas reales: “la muerte llegará rápidamente para aquel que ose perturbar el reposo eterno del faraón”.

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