Posteado por: iessierradeguadarrama | febrero 21, 2011

El Yelmo, la roca tótem

por Miguel Ángel Díaz

¡Oh hermoso y noble Yelmo carpetano, cuántas fieras batallas del rayo y todos los meteoros has resistido! (Constancio Bernardo de Quirós)

El Yelmo es a los habitantes de la sierra de Madrid lo que Ayers Rock (Uluru en lengua nativa) es para los aborígenes australianos: una roca tótem, un emblema del lugar, una montaña venerable que está presente en todo momento en nuestras vidas, pues domina y predomina desde las alturas. Esta comparación la realizo, por supuesto, salvando las distancias, que son muchas, sobre todo la de encontrarse ambas montañas en las antípodas una de la otra. Pero redundando en la similitud de ambos peñascos, si el primer occidental en llegar a Uluru fue, en 1873, el explorador inglés William Gosse; nuestro Yelmo fue coronado por primera vez nueve años antes, en 1864, por el geólogo gallego don Casiano del Prado, mientras completaba su mapa geológico de la provincia de Madrid. Tanto en un caso como en el otro estamos obviando las ascensiones previas de los nativos del lugar, que en caso australiano se refiere a los aborígenes del desierto y en Manzanares el Real eran los pastores que correteaban por las peñas detrás de sus cabras.

Al Yelmo le viene el nombre de su peculiar forma, similar al yelmo usado por los caballeros medievales. Ya aparece como tal en el Libro de Montería de Alfonso XI del año 1350, pues la zona tenía gran interés por su abundancia en osos. Sin embargo, en mapas posteriores aparece con la denominación de “Peña del Diezmo”, que algunos han querido entender que se refería a la leyenda del pago de tributos en doncellas, aunque seguramente se refiera a algo más prosaico como el impuesto que aplicaban los Mendoza, dueños y señores del Real de Manzanares, en dinero y especias, no tanto en doncellas.

Don Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, cita al Yelmo en una de sus famosas Serranillas de la siguiente manera:

Descendiendol Yelmo a yusso,

contral Bovalo tirando,

en esse valle de susso,

vi serrana estar cantando.

Y efectivamente, desde el Yelmo por el Hueco de las Hoces y el Barranco de los Huertos se divisa el pueblecito de El Boalo por encima del collado de Quebrantaherraduras. Resulta realmente extraordinario que hace más de seiscientos años el Marqués de Santillana recorriera los intrincados caminos de la Pedriza, describiéndolos con tanta precisión.

Con sus 1717 metros no es la altura más importante de La Pedriza, sin embargo es una de las más deseadas. Su enorme placa de granito rosado hace que sea uno de los riscos más vistosos de la Pedriza, siendo foco de atracción de numerosos escaladores desde los tiempos de Don Casiano del Prado. Constancio Bernardo de Quirós comentaba en su Guía alpina del Guadarrama de 1909 su seducción ante tan poderoso risco:

La Peña del Diezmo, vista por el Sur, frente a frente, a la breve distancia que consiente el diámetro de la plaza en que se asienta, es también una maciza cúpula colosal, ante la cual ceden y se reducen lastimosamente las dimensiones de todas las cúpulas que la arquitectura humana ha levantado hacia el cielo(…) Cubriendo una superficie de cerca de un hectómetro cuadrado, se levanta 175 metros sobre su base por el Sur y 95 por el Norte. La última de estas cifras es exactamente la elevación máxima del Monasterio de El Escorial.

Eran aquellos tiempos en que llegar a la Pedriza se hacía un tanto dificultoso, salvo el improbable caso en que se dispusiese de coche privado (sólo las clases más acomodadas lo tenían). En los primeros años del siglo XX la única posibilidad de acceso a la sierra era cogiendo el tren hasta Villalba y luego tomar el coche de caballos que llevaba hasta Manzanares el Real en un largo e incómodo trayecto por caminos de tierra.

Aunque muchos riscos de la Pedriza ya fueron escalados antes de los años 30, hubo que esperar hasta el año 1944 para que la inexpugnable cara sur del Yelmo fuese surcada por una cordada de escaladores. Un domingo de junio de 1944, Eduardo Rodríguez Matía y Julio Ysusi llegaron a la pradera del Yelmo con la intención de escalar el colosal risco. A la aventura se les unieron José González Folliot «Pepín» y Guijarro, que se encontraban fortuitamente allí. Con los materiales e indumentarias de la época (esto es, abarcas y cuerda de cáñamo) se aventuraron por el terreno desconocido de la pulida pared sur salvando las dificultades que encontraban a su paso con arrojo y decisión. Habían materializado el sueño de muchos alpinistas, como era surcar la temida cara sur del Yelmo por la que se denominaría a la postre vía Eduardo.

Vía Vikinga, con su curioso agujero

Debieron pasar 22 años, hasta el año 1966, para que nuevas cordadas de escaladores se atrevieran con el Yelmo. La razón no era otra que el paredón de 150 metros apenas ofrecía fisuras ni resquicios por los que progresar. La llegada del buril y la escalada artificial en los años 60 revolucionó la concepción de la escalada, pues permitía progresar por cualquier pared por difícil que fuera. Estas nuevas técnicas fueron las que utilizaron el grupo de los vikingos para trazar la vía Vikinga, un itinerario por la zona más vertical cuyo objetivo era atravesar el misterioso agujero que se aprecia en medio de la pared.

Posteriormente, en 1967, llegó la vía Walkiria y al entrar los años 70 se fueron sucediendo las que son actualmente las vías clásicas del Yelmo: Guirles-Campos (1974), Calavera (1974), Nani (1976), Hermosilla (1976), Gálvez-Pascual (1977), y un largo etcétera hasta completar los casi 100 itinerarios de escalada.

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