Posteado por: iessierradeguadarrama | marzo 14, 2011

Mucha mili

por Emilio de la Fuente Fernández

Hace diez años que desapareció en España el servicio militar obligatorio, popularmente conocido como “la mili” y, por fortuna, no parece que fuera  ayer. Los próceres del momento aseguraron que ya no tenía sentido en nuestra España, como si alguna vez lo hubiera tenido. Vaya por delante, respetuosos  lectores, que  yo fui objetor de conciencia y que por lo tanto quizá no sea la mía la visión menos partidista, pero tengo donde  comparar. Mi hermano mayor disfrutó de aquella imborrable experiencia muy al principio de los ochenta: tres meses de instrucción en el C.I.R. de Cáceres y no sé cuantos más en artillería, en los cuarteles de la carretera de Extremadura,  paseando los perros de un coronel, golpista a la postre, para el que hacía de secretario personal  porque era de los listos y llevaba trabajando desde los catorce años en un banco. El camelo ese de que la mili formaba el espíritu de cooperación y te hacía un hombre no se lo puede creer nadie. Sí es verdad que hubo un tiempo  en que a muchos chavales de pueblo les valía de catapulta para ver algo de mundo. Pero un estado de calidad les hubiera ofrecido lo mismo en forma de becas al estudio. Seamos claros, el ejército más inflado en mandos de toda Europa necesitaba peones para seguir jugando a los soldaditos hasta poder retirar a los oficiales de los últimos tiempos de Franco. Cuando una democracia prefiere que sus jóvenes dejen los estudios o sus incipientes trabajos para pasar un año contemplando cómo se sube y se baja la enseña nacional al toque de trompeta, está haciendo toda una declaración de intenciones.

Ciertamente eran otros tiempos. A mí me tallaron con mis colegas de instituto en el año 1982. Tallarse era una obligación ineludible para los españolitos cercanos a los 18 años, gracias a la cual “entrabas en caja”, es decir, te hacían la inscripción para la mili. Un funcionario del distrito de Latina nos midió el tórax sin siquiera quitarnos el mítico “parka” y otro nos fue  tallando. Recuerdo que el segundo personaje apuntaba los resultados de manera muy curiosa, en mi caso la altura aparecía como  1´75 centímetros. El ejército español debía estar buscando tapas de alcantarilla para derrotar a los enemigos de la patria. Fue ese mismo encargado el que, al rellenar mi ficha, me preguntó cuál era mi religión. “No tengo”, le respondí con la barbilla de joven contestatario bien alta. “Mira chaval te voy a hacer un favor” y me marcó católico en el expediente. Tras varias prórrogas por estudios me hice objetor de conciencia en cuanto pude. No soy valiente y por ello, agradezco los sacrificios de aquellos insumisos primeros que permitieron una ley alternativa a la mili pagando con la cárcel sus demandas de cordura.

Al  final, mi hermano no aprendió mucho en la mili, salvo a reconocer los chanchullos nada despreciables  que se hacían en el economato del cuartel y a pasar desapercibido. También aprendió a tragar, que para eso te disfrazaban de camuflaje en aras de tu nación.

“ Allí todos son iguales”, decían los defensores del servicio militar como rito iniciático para la edad adulta. Desde luego, si no tenías enchufe, eras lo mismo que los demás: nada, y con dieciocho o veinte meses por delante para ser menos, haraganeando y  pagando  tus frustraciones  con los “bichos”, los novatos de cada reemplazo. Lo de la camaradería eran milongas de otros tiempos peores. Puro aburrimiento y miedo al calabozo. También tengo la experiencia  de algunos amigos. No podían entender como había tantos españoles de 20 años analfabetos en los cuarteles: “el `cetme´(explicaba muy en su papel un sargento instructor), es un fusil ametrallador de carácter ofensivo”. Tras repasar en cinco minutos las cualidades del “chopo”, que así  apodaban a ese arma por su culata de madera,  aquel  suboficial preguntó si había alguna duda. Un recluta levantó la mano: “podría explicarme qué es eso de ofensivo”.  A España siempre le sobró mili y le faltó educación; por eso, los golpistas hablaban mal hasta  para hacer historia: “Se sienten ¡coño!”, ese es  el gran legado intelectual que nos dejó el espíritu recio y castrense de una época que ya pasó. Ahora el ejército es un servidor y salva otras patrias, no la nuestra, y va el que quiere, por vocación o por necesidad, y el que va cobra un sueldo.  Pero ese es otro tema.

 Honor a todos aquellos que no pudieron elegir y padecieron el tedio de la jura de bandera y la misa de campaña, a los que aguantaron las historias de la mili, a las novias que recibieron  en  compensación por la espera  una cutre muñeca con la banda del campamento en el que el novio se les hizo un hombre y sobre todo a las madres, abnegadas envolvedoras de paquetes de comida y pertrechos para el hijo, que, con su sabiduría natural, nunca entendieron del todo bien el que, en defensa de  España, fuera necesario secuestrar al niño más de un año para que acabara  pintando  las casas de los jerifaltes o arreglando su jardín comunitario. Nada del patrioterismo castizo de películas como “Botón de ancla” o “Cateto a babor” fue nunca  verdad, solo el rancio e inútil  olor cuartelero que mi hermano traía los fines de semana.

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